Once y cuarenta y seis del primer domingo del mes de diciembre. Mañana semi lluviosa. Café y bata. Aquí comienza la escaramuza de horas. Es un mes al que le tenía en cierto modo algo de cariño. Lo normal vaya, tampoco era algo excesivo. Aunque si para que al salir a la calle, la brisa fresca dibujara una sonrisa en mi cara. Respirabas hondo y pensabas: "Ya se nota la Navidad". Ahora, dentro de unas horas, saldré más elegante que nunca pero con la sensación de no estarlo. Es curioso como el usar algo de forma rutinaria y darle vida diaria, pierde todo su encanto. Sin embargo, es una mueca de frío lo que refleja mi alma. Corta, duele, sangra, escuece, irrita y pica. Es lo que tiene, las navidades, en unos grandes almacenes. Todo es horror. Sudas, te estresas, aguantas, medio sonries, mientes, adelgazas y el único aliciente del día es la hora de salida. Por que ni el sueldo lo merece. (Buchito de café).
Es algo que no quiero y al final terminaré tragando. Como las acelgas en la berza. Aunque con estás termino apartándolas con la cuchara para dejarlas al borde del plato.