miércoles, 23 de julio de 2008

Pakistaní

El té sabía aguado y los cuarenta grados a la sombra no ayudaban demasiado. Me encontraba sentado en una sillita incómoda, desvencijada y demasiado baja para mi gusto. La mesa, típica, flaqueaba por su limpieza y cogera, ya que de su olor no voy a hablar. La tetera que sostenía brillaba de plata bruñida con prisas; mango de serpiente roscada y pitorro nariz de elefante. Y el vaso, ardiendo, dejaba tras de sí años de ires y venires de mesa en mesa en forma de arañazos y pintura despellejada.

Entre la teína y la música de trompetillas estridentes que sonaba de fondo con aceleración constante y bucle sin fin, me hayaba absorto en nada. Con la mirada perdida y la mente en blanco saboreaba cada sorbo de mi vaso de té: antes de mojar mis labios, percibía el olor a canela mezclada con toques sutíles de limón. Luego mantenía el líquido en la boca por varios segundos hasta notar el dulzor en la lengua. Calor. Y por último, ese encantador sabor amargo que permanecía tras tragarlo. Un verdadero aliciente el tomarlo.

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